domingo, 26 de abril de 2009

sábado, 25 de abril de 2009

No preguntar


EL BUEN TRATO

Muchas veces consideramos que nuestros amigos y familia, deben tolerar nuestro mal comportamiento, sólo porque nos quieren. Pero no es cierto. Les voy a contar la historia de Juan, un jovencito con muy mal carácter.

Un día su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que por cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día clavó 37 clavos.
Las siguientes semanas, a medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos y descubrió que era más fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta, llegó el día que Juan pudo controlar su carácter durante todo el día. Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lo lograra. Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta, su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta. Le dijo: “Juan, has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta, nunca más será la misma, cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices en las personas exactamente como éstas”.

Puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas, le lastimará, y la cicatriz perdurará para siempre, una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física, los parientes y amigos son joyas preciosas, deben recibir de nosotros sólo lo mejor.

Anónimo

Para reflexionar

PARÁBOLA DEL ÁGUILA

Érase una vez un hombre que, mientras caminaba por el bosque, encontró un aguilucho. Se lo llevó a su casa y lo puso en su corral donde pronto aprendió a comer la misma comida que los pollos y a conducirse como éstos. Un día un naturalista que pasaba por allí le preguntó al propietario, ¿ Por qué un águila, el rey de todas las aves y los pájaros, tenía que permanecer encerrada en el corral con los pollos?.

Como le he dado la misma comida que a los pollos y le he enseñado a ser como un pollo, nunca ha aprendido a volar. Respondió el propietario. – Se conduce como los pollos y, por tanto, ya no es un águila. Sin embargo, insistió el naturalista, tiene corazón de águila y, con toda seguridad se le puede enseñar a volar.

Después de discutir un poco más, los dos hombres convinieron en averiguar si era posible que el águila volara. El naturalista la cogió en brazos suavemente y le dijo: – Tu perteneces al cielo, no a la tierra. Abre las alas y vuela.

El águila sin embargo estaba confusa, no sabía que era, y al ver a los pollos comiendo saltó y se reunió con ellos de nuevo.

Sin desanimarse al día siguiente, el naturalista se llevó al águila al tejado de la casa y la animó diciéndole: –Eres un águila, abre las alas y vuela. Pero el águila tenía miedo de su yo y del mundo desconocido y saltó una vez más en busca de la comida de los pollos.

El naturalista se levantó temprano el tercer día, sacó al águila del corral y la llevó a una montaña. Una vez allí alzó al rey de las aves y le animó diciéndole: Eres un águila. Perteneces tanto al cielo como a la tierra. Ahora, abre las alas y vuela.

El águila miró alrededor, hacia el corral, y arriba hacia el cielo. Pero siguió sin volar. Entonces, el naturalista la levantó directamente hacia el sol, el águila empezó a temblar, a abrir lentamente las alas, y finalmente, con un grito triunfante se voló alejándose en el cielo.

Es posible que el águila recuerde a los pollos con nostalgia, hasta es posible que de cuando en cuando, vuelva a visitar el corral sin que nadie lo sepa. Pero lo cierto es que el águila nunca ha vuelto a vivir vida de pollo.

Anthony de Melo